TEXTO DE ANSELMO
Aquí el relato que ha dejado a Anselmo finalista del concurso de literatura del IES JUNIPER SERRA.

A ver si consigo que Tania me ceda el suyo (aunque lo veo difícil).
























Él nos necesita para poder
existir. Nosotros a él no.

  • Oh, Dios mío.

Samuel entró en la gran biblioteca medieval, con techos altos y oscuros, arcos que se unían en un punto central del cual pendía una enorme lámpara de velas apagadas, cubiertas por las telarañas del infinito tiempo. La biblioteca estaba construida con oscura piedra, fría como la muerte, al igual que el resto del castillo. En lo alto de las grandes paredes habían unas pequeñas oberturas que hacían de ventanas. Samuel había entrado en la gran biblioteca a través de una vieja puerta rectangular de madera. Frente a él había una gran mesa de roble, sobre la cual había un par de velas que desprendían una suave luz sobre montones de libros que allí estaban, abiertos y desordenados, procedentes de las interminables estanterías, inmortales habitantes de aquel lugar.

El frío castillo se encontraba en lo alto de una verde y desolada colina la cual no estaba muy lejos del reducido pueblo. Este pequeño castillo había sido la herencia correspondida a los dos hermanos, protagonistas de esta historia. Su ex propietario fue un difunto burgués, que había sido asesinado junto a la iglesia del pueblo, aunque se decía que había sido un suicidio después de un golpe de locura.

  • No pronuncies ese nombre.

Saúl estaba sentado en el suelo, con la espalda apoyada sobre una de aquellas estanterías de madera, llorando. Éste contempló a su hermano Samuel con mirada vengativa.

Saúl odiaba a su hermano, lo odiaba tanto que sería capaz de matarlo, lo odiaba con toda su alma. Era tal su odio hacia éste, que su mirada podría haberlo hecho desaparecer. Le repugnaba. Mirarle a la cara le hacía arder en llamas. Lo habría matado, lo habría matado sin compasión alguna. Pero no podía, no, él no era así.

Saúl se levantó del suelo, y apoyó las manos en la gran mesa de madera, mirando directamente a la cara de Samuel, su querido hermano.

Saúl y Samuel eran dos hermanos tan parecidos pero a la vez tan distintos, como todos los hermanos.

Corría el principio de un crudo y frío otoño, aunque los árboles que rodeaban el pequeño castillo no acababan de darse cuenta de la presencia de éste.

Nuestra historia transcurría en un año no más destacado que los otros años, aunque insignificante para nuestros hermanos, así que da igual. Sólo diré que era una época de grandes cambios, no más allá del siglo XVIII, quizás el XIX, no sé… Sólo sé que esta historia que os contaré ahora ya la habréis oído una y mil veces, no es original, no es interesante, quizás hiera tus sentimientos, quizás pienses que no sirvo para escribir, pero esto es lo único que sé hacer, ya que no sé hablar correctamente. Me da igual lo que pienses, con tal de pasar el rato…

Nuestros dos hermanos vivían en una pequeña región, al norte de la gran Lusitania, tierra de escritores y exploradores, tierra de Camões y de Gama, tierra de mentirosos y esclavizadores, tierra de Cristo y de cristianos, tierra de cobardes…

Nuestros hermanos vivían, como intentaba decir, en una región rodeada de colinas y montañas, verdes como la traidora serpiente, para algunos quizás la salvadora.

Samuel era un hombre, por no decir una marioneta, de veinticinco años, alto, de piel pálida, muy débil, escaso de sangre, pues su salud era mala, pelo oscuro, tenía una mirada que transmitía vida muerta, culto, amable, paciente y muy vergonzoso. Aunque más vergonzoso era su oficio. No hacía más que mentir a aquel pequeño y ciego pueblo, insignificante, pero tan importante en esta historia, nuestra historia. Samuel se encargaba de transmitir la palabra de Dios a aquellos tan poco afortunados de creer en ella. Samuel era uno de los tantos en su familia consagrada a la palabra de la nada.

Pero su hermano Saúl… Era un chico menos alto que su hermano Samuel, con el mismo color de pelo y ojos. Tenía entre unos diecinueve o veinte años, o quizás sólo tenía diecisiete… Da igual, a Saúl el tiempo ya le daba igual. Como ya he dicho, los hermanos son tan iguales pero a la vez tan distintos. Saúl era un chico apasionado, inteligente y aún más valiente, y sus ojos… Eran el mismo fuego. Tenía una mirada tan brillante, intensa, apasionada… Igual que la de su padre.

  • Por favor, deja que te ayude, no soporto verte sufrir.

  • ¡No me toques! No, esas manos manchadas de sangre, no te atrevas a tocarme con ellas.

  • Por favor, no grites, no soporto verte sufrir así.

  • ¿Sufrir? ¿Sufrir? Al parecer no comprendes el significado de la vida.

  • Sí, puede ser. Pero deja que te ayude a encontrar la paz.

Samuel apoyó las débiles manos sobre los hombros de Saúl, el cual tenía la cabeza gacha, con los puños apoyados sobre la mesa plagada de libros, los cuales unos contaban mentiras, otros… Menos mentiras.

  • Suéltame.

Dijo Saúl en voz baja.

Samuel comenzó a recitar una oración con el objetivo de conceder el perdón divino a su hermano.

  • ¡Suéltame!

La sombra de Samuel proyectada sobre las altas paredes cayó al suelo, al igual que el dueño de ésta.

  • No me obligues a volver a pegarte, Samuel.

Samuel lo miraba desde el suelo, mientras su escasa sangre manaba de su nariz.

  • Se lo merecía.

  • ¡No me obligues a matarte, Samuel!

Saúl temblaba de rabia. Quería golpear y lastimar a su hermano. Quería hacerlo callar.

  • ¿Matar? Sólo Dios decide quién vive y quién muere. Es Dios que te hace actuar así, porque tiene sus razones.

  • ¡Dios no existe! La religión, tu religión no es más que un error muy poderoso y convincente, eso es todo.

  • No digas eso.

  • ¿Por qué mataste a papá? No me lo digas, ya lo sé.

  • No. ¡No!

  • ¡Fue por eso! ¿Verdad?

  • ¡No grites!

  • Fue porque él no quería que tú te formases como sacerdote. Él no creía en este cuento, al igual que yo. ¡Y tú lo mataste! Lo mataste por una estúpida mentira, por eso que tú llamas Dios.

Corrían lágrimas por la cara de Samuel, lágrimas de arrepentimiento por lo que había hecho a su padre. ¿O quizás era por compasión hacia su hermano?

  • Él era cruel, no seguía la tradición de la familia. Quería acabar con ella, era un egoísta, un mal padre. ¡Un infiel!

  • ¡Estúpido!

Saúl se lanzó sobre su hermano, soltando golpes por todas partes. Quería callarlo, herirlo matarlo. No quería a ese hermano, no a ese loco engañado.

Pero todo se paró. El imparable tiempo pareció detenerse.

Saúl notó un gran dolor en el pecho y quedó tirado sobre su hermano, sin fuerzas, sin aliento, sin voz… La verdad se silenciaba otra vez, la segunda vez en aquel mes, una vez más.

La rectangular mesa estaba tirada en el suelo, igual que los libros y las apagadas velas.

La luna entraba por una de las altas ventanas, iluminando a los dos hermanos tirados sobre el suelo, Saúl encima de Samuel.

Por la cara de Saúl corrían lágrimas secas, mientras que Samuel abrazaba con fuerza a su hermano y comenzó a susurrarle al oído.

  • Ahora sí, querido hermano, Dios lo ha deseado. Ha deseado que te enviara a su lado. No podías seguir hablando y perturbar a la gente de este pueblo, a mi gente. Sobre ellos cae la gracia de Dios y no te podía dejar a ti alterar sus almas, al igual que nuestro padre. Ahora cierra los ojos, no quiero que lo último que veas sea esta cara, Dios no te lo perdonaría jamás.

Samuel apartó a su hermano a un lado, cuidadosamente, en medio de aquella fría e infinita biblioteca, bañada por la blanca luz de la luna. La historia volvía a repetirse, la mentira volvía a ganar a la verdad. La voz era una voz más silenciada. Una muerte más, una víctima más de esta interminable farsa, de la cual ya lo eran miles de personas.

La suave pero fría brisa que entraba por las altas ventanas lloraba las lágrimas que aún reposaba en la cara de Saúl, con aquel santo puñal clavado en el pecho, el mismo que segó la vida de su padre. Samuel volvió a acercarse a su hermano para susurrarle algo más al oído antes que el corazón de éste acabara con el sufrimiento de vivir, y Saúl escuchó las palabras más crueles que jamás había oído en su corta vida.

  • Dile a papá que me perdone.








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Es una caca de vaca mutante
no tengo nada contra ella pero si la pillo en un callejón sola, la mato
ni fú ni fá
no está mal pero...
está bien (pero sin exagerar)
no sé como no he podido vivir sin ella todos estos años
aaaghhrr!...(sonido de orgasmo)

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